Recomendaciones veraniegas VIII

Continuamos la tradición, como en años anteriores, de ofrecer una serie de recomendaciones literarias para las vacaciones estivales, época siempre propicia para la lectura. Y en este año de Resistencia, también queremos que Tusitala te acompañe durante el verano:

Llévame a casa, de Jesús Carrasco.
Después del gran éxito cosechado con Intemperie y La tierra que pisamos, sus dos anteriores novelas, el escritor extremeño Jesús Carrasco vuelve a la narrativa con Llévame a casa, la historia de un hijo que marchó al extranjero para alejarse de su familia y que, una vez regresa a su pueblo natal para acudir al entierro del padre, comprobará que necesita quedarse y hacer las paces con aquello de lo que pretendía huir. Un libro tan emotivo como impecable en su prosa, que el propio autor presentó en este vídeo a l@s amig@s de Tusitala.

Proyecto Hail Mary, de Andy Weir.
El autor de El marciano nos vuelve a proponer en su segunda novela la peripecia de un único superviviente en el espacio, que en esta ocasión ha perdido la memoria y ni siquiera sabe dónde se encuentra ni por qué. Con un planteamiento narrativo muy sugerente, repleto de sorpresas, ciencia y humor, el lector irá descubriendo que el protagonista no está tan solo como parece, y que incluso en las situaciones límite, cuando la catástrofe se antoja inevitable, siempre hay un atisbo de esperanza al que aferrarse para seguir adelante.

Ya estábamos al final de algo, de Daniel Bernabé.
En este ensayo, el periodista Daniel Bernabé reflexiona sobre la actualidad a partir de la premisa que da título al libro: cuando llegó la pandemia ya estábamos al final de un ciclo, al borde de un profundo cambio social y político, y lo que vendrá a continuación dependerá no solo de grandes decisiones que escapan a nuestro control, sino también de cómo nos enfrentamos a la «posnormalidad», de si la salida vuelve a ser individualista o si optamos por reforzar lo comunitario. Un libro imprescindible para comprender los dilemas del presente, escrito por el autor del célebre La trampa de la diversidad.

Gracias: historia de un vecindario, de Rocío Bonilla.
Un cuento infantil también nos puede ser muy útil para entender el presente, y eso es lo que consigue este álbum con texto e ilustraciones de Rocío Bonilla, autora de otros cuentos muy recomendables como ¿De qué color es un beso? o La montaña de libros más alta del mundo. En Gracias, la historia comienza con un grupo de vecinos animales que no se conocen ni se relacionan entre sí, hasta que una avería inesperada provocará que, a partir de la curiosidad y la empatía, la vida del vecindario cambie por completo. Para mejor, claro.

La doble muerte de Unamuno, de Luis García Jambrina y Manuel Menchón.
«Autorizo a difundir ampliamente en mi nombre que vivo bajo llave y cerrojo. Estoy rodeado por una aterradora demencia colectiva. Me sorprende que aún no me hayan disparado. Toda esta gente está en contra de la inteligencia. Están disparando contra los intelectuales. Si triunfan, España va a convertirse en un país de imbéciles». Bajo la luz de estas palabras recogidas en una de sus últimas cartas, parece difícil creer que Unamuno muriese plácidamente en el salón de su casa. El libro La doble muerte de Unamuno amplía la rigurosa investigación ofrecida por el documental Palabras para un fin del mundo, y aporta nuevas pruebas sobre los últimos meses de vida de Miguel de Unamuno. En tiempos de bulos y fake news, no está de más enfrentar la propaganda y buscar la verdad en torno a la desaparición de uno de los más destacados intelectuales españoles del siglo pasado.

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Las “Recurrencias” de Carlos Reymán Güera

Una reseña de Daniel Casado para librería Tusitala

En su segunda acepción, el diccionario de la RAE otorga a la palabra “recurrencia” el siguiente significado: 2. f. Mat. Propiedad de aquellas secuencias en las que cualquier término se puede calcular conociendo los precedentes. Trasladar esta definición matemática al ámbito de la creación literaria y, más explícitamente, al caso de Carlos Reymán Güera, sitúa al lector exigente frente a una obra en curso de la que a ciencia cierta sabemos que cada fruto merece la espera. Si en “Demagogias” (Libros de Mesa, 2016) Reymán sorprendía con un debut contundente, trufado de dominio verbal e imágenes sabrosas, donde el ímpetu narrativo y la sensibilidad poética se alternaban, fundiéndose y confundiéndose felizmente, en “Recurrencias” (De la luna libros, 2020) se confirma la secuencia ascendente que sitúa a nuestro autor entre los nombres más recomendables de la literatura que hoy se escribe en Extremadura. Esa secuencia, que el lector atento aún no puede conocer en su totalidad, se completa con otros trabajos poéticos y narrativos de excelente factura que, cosas de los tiempos que vivimos, aún no han visto la luz.

“Recurrencias” se abre sin complejos, con un voraz aforismo: Ante la duda, literatura. A través de este breve pero esclarecedor pórtico nos adentramos en el primer relato, “Una casa en el tiempo”, que marcará el tono y la pauta de los dos siguientes. En ellos Reymán apela a tintes autobiográficos para jugar hábilmente con la experiencia propia distorsionada al modo de los retratos de Freud o de Bacon (“La presentación”) y construye un relato cortaziano con reminiscencias del Wilde más oscuro (“La casa herida”). “La bala”, por su parte, relato breve y contundente, inaugura una serie bajo el título “Hazme de la filosofía un cuento”. En “Ensayo de una huida inaplazable” encontramos una de las sentencias más hermosas del libro: Todo lo que sé que no puedo ser, lo soy a la sombra de mi sombra. A partir de aquí los relatos se van sucediendo con una lenta pero inexorable correlación, levantando las cartas de una extrema sensibilidad poética condensada en relatos de impecable factura. El aliento metafísico se torna metaliterario y al revés: lo biográfico se vuelve literatura: la literatura –ya se nos advirtió- lo impregna todo. Comparece ante nosotros el ciudadano y el trabajador, el padre y el hijo, el esposo y el poeta… sin que ninguno de ellos se ate necesariamente a lo real. Los personajes literarios que nuestro autor encarna surgen de él mismo para ser finalmente otros. Multiplicado por la sagaz imaginación, nos regala esa atención exquisita hacia lo sencillo y lo efímero que acontece en nuestras vidas (“El reloj”, “Acerico”, “Los gorriones”, “¡Alerta, alerta!”) y que nos asaltan con la verdad de la emoción. Memoria y costumbrismo hay, en dosis bien medidas, en relatos como “Las gafas”, “La higuera y la parra” y “Paradojas”, que recuperan personajes vencidos por el tiempo, la enfermedad o la exclusión social. Y este es otro eje por el que podemos transitar: Reymán no rehúye el compromiso social ni la denuncia explícita de desigualdades e injusticias como las que presenta en “Y no te quejes”, “Muerte de un banquero”, “Mi jefe” o “El detenido”, pero lo hace sin ceder lo más mínimo al panfleto ideológico o al oportunismo de “la conciencia”.    

Pero hay más, mucho más. Recuerdo a Julián Rodríguez, nuestro añorado amigo, escritor y editor, defender que todo lo que merece la pena ser narrado sucede en el ámbito de la familia. Reymán hace suya esta sentencia, dibujando y difuminando perfiles de familiares que, como un puzzle, terminan encajando a la perfección en la propia composición biográfica del lector. Lo encontramos en el ya mencionado “Una casa en el tiempo” y lo celebramos en “El bucle”, “Peripatética”, “El abuelo”, “La tía Benilda”, el conmovedor “Receta para dormir bien” o en el largo estremecimiento que deja “Historia de un naufragio”. Prosa de muchos quilates.

Nuestro autor tiene alma y voz de poeta, y esto, que en la mayoría de los textos contribuye a intensificar la construcción narrativa, en otros (afortunadamente son pocos) le lleva a incurrir en algunas obsesiones particulares relacionadas con el mundillo literario, como los dos “diarios”, y que sólo salva tirando de ironía y temple en “Introducción a la poesía actual”, “Érase una vez un poeta” o “Adivinanza”, donde ya la prosa se encharca de lirismo: “Escritor sin techo, mendigo de palabras, hace la calle y la periferia, se sienta a las puertas de las editoriales que no le abren, descobijado, se sabe dos o tres frases en el idioma de los atardeceres, las siete letras del alfabeto del agua”.      

Con todo, tengo para mí que el mejor Reymán se nos desvela cuando adopta el tono de la distancia corta, cuando atrapa diálogos interiores, silencios muertos, respuestas imposibles. Ya hemos mencionado “Ensayo de una huida inaplazable”, en cuya estela se sitúan “c.r.g.”, ”Adultez, egolatría” (donde retumba este final: Atado al mástil de tu canto de sirena te espero, no me falles, soy nadie”), “Un adiós anticipado” y “Homo homini lupus”, entre otros.

En medio de la marabunta de autores y referencias que impregnan estas páginas, la pulsión metafísica parece remitir, principalmente, a Unamuno, aunque la sombra del Juan Ramón del “Diario de un poeta recién casado” y los “Cuadernos” es muy alargada, y entre los referentes más cercanos a los trabajos iniciales de Fernando Aramburu (los de “El artista y su cadáver”, cuando aún la tensión poética defendía su razón de ser) o a las entregas más recientes de Francisco Javier Irazoki. Alta literatura, en cualquier caso.   

Con sus bazas bien presentadas –en el bello y limpio formato de la colección “Lunas de oriente” coordinada por Elías Moro y Marino González-, estas “recurrencias” de Carlos Reymán Güera conforman un libro intenso, contundente -pese a no ser demasiado extenso- poético, imaginativo y, sobre todo, universal.  

Al mismo tiempo sitúan a su autor -anoten el nombre en la nómina de lecturas obligadas- entre las voces emergentes que ninguna editorial exigente debería dejar escapar.

Recomendaciones veraniegas VII

Ya llevamos siete años seguidos ofreciendo una serie de recomendaciones literarias para las vacaciones estivales, época siempre propicia para la lectura. Y este año, a pesar de las pandemias y de los “amazones”, también queremos que Tusitala os acompañe durante el verano:

Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. A este escritor chileno afincado en Asturias se lo llevó el maldito Covid en abril, pero ningún virus nos debe impedir disfrutar de su obra más conocida y celebrada, Un viejo que leía novelas de amor. En ella, seguiremos la peripecia vital de Antonio José Bolívar Proaño, un pobre campesino con nombre de rico hacendado que conoce la selva y a sus habitantes indígenas como si formara parte de ambos. Una novela corta que sus lectores quisiéramos que hubiera sido mucho más extensa, tanto como Cien años de soledad, con la que comparte la misma visión del mundo y la misma pasión por contar historias. Como Tusitala.

 –Greta Thunberg, de Anke Weckmann y María Isabel Sánchez Vegara. En su colección de biografías infantiles Pequeña & grande, la editorial Alba nos presenta, a modo de cuento, a destacadas figuras públicas con las que aprender e identificarse. Tras dedicar anteriores libros de la colección a personajes ilustres como Simone de Beauvoir, Gloria Fuertes o Federico García Lorca, ahora llega el turno de Greta Thunberg, esa adolescente sueca que no se cansa de recordarnos que solo tenemos un planeta para vivir, y que lo estamos destruyendo.

El infinito en un junco, de Irene Vallejo. Con el subtítulo La invención de los libros en el mundo antiguo, este ensayo publicado por Siruela recibió hace unos meses el Premio Ojo Crítico, y desde entonces no para de recomendarse y leerse y reeditarse, gracias a esa magia literaria que a veces reduce al ridículo a las campañas de marketing y demás trucos de ilusionista. La filóloga Irene Vallejo ofrece en su libro sobre libros una larga oda al poder de la literatura, un canto que no es fúnebre sino que sigue celebrando el éxito secular de ese artefacto insuperable llamado libro. Y lo hace narrando, contando historias, otra vez como Tusitala: El infinito en un junco nos lleva de siglo en siglo, de civilización en civilización, para hacernos redescubrir que el amor por los libros no tiene límites, y que caminamos a hombros de gigantes.

Pandemia, de Slavoj Žižek. Hemos sido protagonistas de una distopía, hemos padecido el fin del mundo, y a pesar de ello nos puede la tentación de seguir corriendo como si nada hubiera pasado, sin siquiera parar un instante a preguntarnos qué ha ocurrido realmente y cómo debemos enfrentar el futuro. Por fortuna, para hacer preguntas tenemos a la filosofía, y a Slavoj Žižek, que ha sido de los primeros intelectuales en publicar una serie de reflexiones en torno a la pandemia. En este breve ensayo que edita Anagrama, el mordaz filósofo esloveno propone un cambio de paradigma que nos permita salir con dignidad y esperanza de esta crisis.

Sarajevo Pain, de Fidel Martínez. Tras firmar varias obras también relacionadas con conflictos bélicos, como Cuerda de presas y Fuga de la muerte, el historietista sevillano residente en Badajoz nos ofrece un mosaico de Sarajevo durante el cruento asedio que sufrió la ciudad, sitiada por las tropas serbias a lo largo de 4 años. Un francotirador, un niño lector de cómics y un pintor son algunos de los habitantes de Sarajevo que Fidel Martínez ha escogido para dibujar con su inconfundible y sombrío trazo, en esta novela gráfica cuya publicación Norma Editorial tuvo que aplazar debido al estado de alarma y que, al fin, llega a las librerías en el mes de julio.

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De vuelta a Tusitala

«Vuelvo a Tusitala, tras estos meses de encierro, a por unos libros, a por un poco de consuelo. Hay entre los libreros un halo que les es propio, un algo indefinido que se sitúa entre la bondad, el romanticismo, el civismo, el idealismo, no sé, pero hay que ser de otra pasta, de una gran heroicidad para hacer ese trabajo con tanta entrega, con tanto amor por el oficio, con todo prácticamente en contra».

Un artículo del escritor Carlos Reymán Güera – Fotos Laura Enrech

Iba yo por las calles vacías, camino de Tusitala, regresado y desconfinado del país de los relojes detenidos, momentáneamente rescatado por la bruja buena que duerme en todos los bosques que sueñan los niños, desescalando grises y telediarios, con la tarde amenazando lluvia y un viejo sin mascarilla cruza de acera, de tiempo, se sitúa fuera de los horarios, se enciende, con exagerada parsimonia, un pitillo.

Iba yo por la tarde vacía de las calles, camino de Tusitala, con puericias de un corazón desfasado al que le han crecido los gusanos de una ilusión acongojada; atravesando la Tierra Media de las caceroladas perpetuas, las edades sin lámparas, sombras, primaveras de Arda; con galáctico, pirático, alienígena paso firme, el cielo enmascarillado, quién lo desenmascarillará, plata o plomo de los azules, ahora, en que el presente muere antes de nacer, en que ya todo es casi pasado, me detengo en el semáforo en rojo para dejar pasar el aire, a lo lejos husmean, cada uno sus incertidumbres, un perro y una chica, pienso en esta alegría pueril, a la que me aferro con tanto afán, de ir a recoger unos libros.

Camino de Tusitala, como un secreto soldado del Señor de las Dos Tierras (estos días estoy leyendo El infinito en un junco de Irene Vallejo, algo más que recomendable), nadie sabría suponerlo siquiera, sobre todo si me ven con esta cara de pasmo en la esquina, rastreo el sueño completo de mi propia Gran Biblioteca de Alejandría, mi íntima recolección de infinitos, de juncos inmarcesibles que contienen las obras completas del tiempo y el absoluto.

Me paro, me entretengo un poco, no quiero agotar tan pronto el paseo que sabe a norte y recuerdos y que, como diría aquél, es tan real que parece mentira. Deshago mis pasos, me detengo sin motivo, se está tan bien, los ojos descubiertos perciben el olor húmedo del aire, ese olor transparente, su fría limpidez, la nariz del aire en mis ojos y yo con mi jaleo de libros y recuerdos, me veo entrando de nuevo en aquella librería en Alemania a donde me llevó mi padre por primera vez. He visto pasar a un padre con su hijo de la mano y los he seguido hasta allí.

Es curioso porque mi padre no era muy lector y en mi familia, exceptuando a mi abuela con la que apenas tuve trato, casi nadie era aficionado a la lectura. No se entiende, por tanto, esa inclinación de mi padre por llevarme a comprar libros, su empeño por enseñarme a leer tan pronto (entre los 2 y los 3 años), pero lo cierto es que aquello resultó definitivo, los dos entrando en una librería, siempre recuerdo la escena en invierno y casi no hay actores, las calles se ensanchan de manera metafísica en mi cabeza, la librería, situada en una plaza donde apenas hay otros edificios, es elegante, con esa sobriedad elegante de los alemanes, toda en maderas nobles, se han excedido un poco acaparando símbolos medievales; una mujer muy silenciosa nos observa mientras (entonces desconocía este verbo que me regalaría Borges unos años inaugurales después), nosotros fatigábamos libros.

Luego, mi padre, claro, murió y tuve que aprender a ir solo a las librerías. Las he buscado siempre, en todos mis viajes, algunos hechos exclusivamente para visitar alguna en concreto. Mi laberinto interior es una sucesión de librerías visitadas que lleva a aquella primera librería de mi infancia, a la mano de mi padre, mi ónfalo.

Vuelvo a Tusitala, la librería de mi amigo Agustín, tras estos meses de encierro, a por unos libros, a por un poco de consuelo. Hay entre los libreros un halo que les es propio, un algo indefinido que se sitúa entre la bondad, el romanticismo, el civismo, el idealismo, no sé, pero hay que ser de otra pasta, de una gran heroicidad para hacer ese trabajo con tanta entrega, con tanto amor por el oficio (oficio sagrado lo ha llamado el otro día Alberto Manguel en un artículo), con todo prácticamente en contra.

Miro un poco los libros por encima, sin mucho aleteo y recojo los que había encargado. A través de mi mascarilla aspiro con nostalgia, todo lo hondo que puedo, la quietud sosegada de los libros en sus estantes. Alguno me mira con esa fijeza sabia de quien adivina lo que estás pensando. Me despido de Agustín hasta otro día. Todavía hoy me sigue pareciendo increíble su naturalidad, esa despreocupada tranquilidad, sin haberse dado nunca la más mínima importancia ante el hecho de llevar, en uno de sus bolsillos, la llave con que abre la puerta de todos los laberintos, como si fuese la cosa más normal del mundo. 

Descubrimiento del continente Luis Sáez

Una reseña de Carlos Reymán Güera para Librería Tusitala

El siglo XX como continente fracturado, la deriva continental de un tiempo colisionando entre sí, placas tectónicas deslizándose hacia la bruma de la memoria, contornos difusos de una pangea improbable disuelta en lejanías, sedimentos de masas de tierra que se depositan sobre este lado del hoy y conforman ese amplio horizonte de hechos comprobados al que han dado en llamar olvido. Los primeros días del confinamiento puse sobre mi mesa tres libros de Luis Sáez Delgado: Animales melancólicos, Un duelo privado y Descubrimiento del continente negro; y me dispuse a cruzar toda esa geografía inexplorada que se abría ante mí con la sola promesa de lo desconocido.

Las cosas hay que hacerlas bien. Si de estar encerrado se trata no hay como hacerlo entre libros, con libros, en libros… y dejar que pase lo inesperado, como por ejemplo me ha pasado a mí, que he descubierto un continente literario entero para mí solo (que, por supuesto, quiero compartir con vosotros), entre estas cuatro paredes que vagan en su día sin fecha, balanceándose en una quietud inquietante de silencios que a veces espanta las caceroladas, pájaros de mal agüero, y otras los aplausos, único momento en que hay que dejar de leer.

No sabría decir si a Luis Sáez le ha salido sin querer, o ha sido completamente deliberado, buscado de una forma bien estudiada, una trilogía fascinada y fascinante de casi todo el siglo XX, lo que va desde sus inicios hasta la caída del muro de Berlín, momento en que la Historia deja de escribirse, los continentes se repliegan sobre sí mismos reinventándose en furibundas sociedades neoliberales, réplicas capitalistas de un sistema que ha contagiado al mundo.

En el comienzo del siglo pasado Extremadura siente nostalgia de una Arcadia inexistente, producto del anhelo de lo que nunca se tuvo y cuya invención altera el ánimo de una gran cantidad de escritores extremeños que se entregan, con cierto regusto de victimismo orgulloso, a la melancolía regionalista. Luis Sáez, nuestro Alfred Wegener, pone todos los apuntes de su trabajo de campo a disposición de un magnífico ensayo en el que los fragmentos, las lecturas, las oportunas aclaraciones, los inestimables puntos de vista del autor, van concordando más que una tesis una mirada, la novela de una mirada rebosante de ternura, por decirlo de manera galdosiana, de misericordia, de absoluta misericordia hacia todas aquellas criaturas extraviadas, fatalmente letraheridas.

Toda esa emoción equivocada, que en otras latitudes tuvo distintas consecuencias, de Animales melancólicos (Los libros del oeste), no podía más que desembocar, en el siguiente tercio del siglo, en nuestra nunca suficientemente subrayada como terrible Guerra Civil, a pesar del empeño de algunos por reconvertirla en otra Arcadia imposible (¡ay, la épica de los discursos y los discursos de la épica!).

Un duelo privado, subtitulado Notas sobre el exilio como literatura de viajes (Editora regional de Extremadura), prácticamente un compendio de géneros literarios que se confunden, se mezclan y entremezclan creándose y recreándose, que tiene mucho de esos libros sobre libros y escritores que tanto le gusta escribir a Enrique Vila-Matas, pero con una voz narrativa muy distinta, novela de voces, graves, serias, que entre todas ellas suman una sola voz de dolor, el dolor de la pérdida.

Pasando por los nacionalismos periféricos y sus cantores, siguiendo la escritura apasionada de rabia de quienes perdieron la patria en la guerra, Luis Sáez no suelta el hilo del tiempo en el que vibra el siglo XX y continúa su indagación, su exploración, la profunda aventura que supone siempre todo intento de comprender, y retoma su cámara particular donde finalizó la secuencia anterior, en el momento en que comienza la década de los cincuenta y el mundo todavía conservaba una cierta inocencia, se aferraba a algo parecido a la esperanza.

Descubrimiento del continente negro (de la luna libros, colección Lunas de oriente, relatos), es ya el libro de un maestro absoluto de la fabulación, de un escritor dueño de un estilo propio preciso, claro, bien definido, con una enorme capacidad para maniobrar en el movedizo terreno de las erudiciones varias, seleccionando con buena mano los detalles, datos jugosos y representativos, como puntos sueltos sin numerar que tiene que unir el lector para construir/reconstruir una historia, la historia oculta tras la Historia, la Historia encerrada en una historia que habla de la verdad de un tiempo, de la mentira de la verdad de un tiempo, del tiempo de la mentira de la verdad.

Ahora en unos días volveremos a las calles tímidamente, o quizá no tanto. Habrá que volver a las ferreterías y a los establecimientos para el arreglo de calzados. Quemaremos fases y desfases; dará gusto volver a vernos, volver a conocernos. No se os olvide pasaros por las librerías, sobre todo por la de Tusitala, siempre con cita previa, desde luego. Comprad libros, llevaos mundos, geografías, vidas, continentes, como estos de Luis Sáez Delgado que explican todo un tiempo que aún hoy produce una gran perplejidad, y que a su vez explican el ahora.

Carlos Reymán Güera          

Recomendaciones en vídeo

Aunque ya llevamos varios años realizando recomendaciones radiofónicas gracias a nuestras colaboraciones con la Cadena SER, nos lanzamos ahora a recomendar lecturas a través de breves vídeos grabados, por supuesto, en la propia librería Tusitala.

Estas recomendaciones literarias en vídeo se irán actualizando a razón de una por semana, y podéis verlas en nuestra página de Facebook, concretamente en este enlace.

Recomendaciones veraniegas VI

Por sexto año consecutivo, como cada verano desde la librería Tusitala os ofrecemos una serie de recomendaciones literarias para las vacaciones estivales, época siempre propicia para la lectura:

Tus pasos en la escalera, de Antonio Muñoz Molina. Tras una mudanza desde Nueva York, un hombre solo y desocupado espera en Lisboa la llegada de su esposa a la casa que han de habitar juntos. Esa es la premisa de la última novela de Muñoz Molina, una espera que se hace cada vez más tensa, en una ciudad acogedora y al mismo tiempo un tanto hostil. Una lectura idónea para quienes viajan con frecuencia a Portugal, que nunca está demasiado cerca.

Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich. Este ensayo de la escritora bielorrusa, Premio Nobel de Literatura en 2015, es el origen de Chernóbil, la exitosa serie de televisión de la cadena HBO. A través de un conjunto de estremecedores monólogos, la autora recoge los testimonios de quienes vivieron la tragedia nuclear de primera mano, y describe de manera muy elocuente la incompetencia, el heroísmo y el dolor que marcaron aquel episodio histórico y sus consecuencias.

Qué tarde se nos ha hecho, de Antonio Orihuela. No puede faltar la poesía en unas recomendaciones veraniegas, a través de esta antología con prólogo y selección del filósofo Santiago Alba Rico. Para una reseña completa sobre esta obra de Antonio Orihuela, tenemos la de nuestro buen amigo Carlos Reymán, ya publicada en Tusitala; aquí os dejamos con unos pocos versos: «Cada vez veo más gente / con una venda / puesta en los ojos. / Incluso he visto gente que, / habiéndosele movido un poco, / se la vuelve a colocar correctamente».

Violetera, de Tellado & Jaimez. Tampoco puede faltar un toque de literatura infantil, en este caso un cuento protagonizado por una maestra en bicicleta, Violetera, que revolucionará el colegio al que llega y a sus alumnos, mediante la puesta en práctica de algo tan sencillo como infrecuente: aprender a ser libres.

El tesoro del Cisne Negro, de Paco Roca y Guillermo Corral. No nos cansamos de recomendar los cómics de Paco Roca, justo ahora que acaba de reeditarse Los surcos del azar, en una versión ampliada y con portada a todo color. Pero su obra más reciente es en realidad El tesoro del Cisne Negro, donde narra la trepidante odisea de un diplomático y una bibliotecaria en pos del tesoro hundido de un galeón español. Repleta de intriga y de guiños a Tintín y a la narrativa clásica de aventuras, la peripecia histórica del Cisne Negro os dejará con ganas de zambulliros en aguas de alta mar.

Feliz verano, amigas y amigos de Tusitala.





Qué tarde se nos ha hecho

Una reseña de Carlos Reymán para librería Tusitala

Fuera del alcance del poder y de las listas de ventas, mientras los siempre jóvenes viejos poetas hacen el más vacío todavía y se ponen a rueda de la enredada poesía de la red, con sus grandes cantores de la nada y otros coloquialismos poéticos, 200.000 suscriptores por banda, viento en popa hacia el Planeta (Lorca diría hoy, “la poesía no quiere seguidores, quiere amantes); en tanto las editoriales se vuelven a frotar las manos porque la poesía también se vende y cómo, algunos poetas, pocos para los muchos que hay, han entendido que tenían que seguir a lo suyo, sin cejar en el empeño cuando más los ninguneaban, cuando más palos les daba la crítica, poetas intratables que solo trataban con la poesía, sin intermediarios, sin intendentes interesados ni gerentes de la injerencia ni toda la baja alta gama de zascandiles que van del tonto útil al tonto solemne, pájaros que, por instinto, gustan de anidar en las concejalías de cultura.

Hablo, claro, de Antonio Orihuela como uno de esos poetas de la resistencia, resistencia en la tierra, probablemente una de las voces más honda y verdadera de la poesía española, en el caso de que eso se pudiera cifrar, lo hondo, lo verdadero, la poesía, lo español, lo probable.

En octubre lanzaba la Editora Regional de Extremadura una antología personalísima confeccionada por Santiago Alba Rico de todos los poetas que hay en Antonio, la pequeña multitud que conforma a este poeta situado en el extremo de las voces que nadie escucha y cuyo eco resulta la suma de un nosotros. El resultado ha sido magnífico, un prólogo que pone de manifiesto la aguda inteligencia visual de Alba Rico y una acertada selección de poemas que bien dan una panorámica completa, cabal, de la ya ingente obra de Orihuela. Válido tanto para quien se aproxima por primera vez como para quien quiera llevarlo de un sitio a otro como un mapa de la derrota que nos sitúa sobre las palabras justas que aún ayudan a levantar la dignidad, la compasión, la libertad, la hermosura.

En este travelling sentimental, como de elctroduende rebelde de la lectura, hemos salido retratados  junto a un tiempo ido que no siempre fue nuestro, pero que da una idea clara de lo que pudo ser la  pelea y no fue, de lo que es la pelea y no ha sido, conato de insurgencia con la que nos quisimos/queremos defender de tanta insoportable injusticia, ahí estamos, está lo mejor de nosotros, si es verdad que alguna vez fuimos bellos y buenos, que algún día lo seremos.

Antonio Orihuela, que ha escrito por no pegarse un tiro, también ha sabido arder como muy pocos en el poema, fuego fatuo, ave fénix, fuego amigo, a esa hoguera nos hemos acercado unas veces para calentarnos solo las manos y otras para quemarnos los ojos y empezar a ver de verdad. Qué tarde se nos ha hecho, sí, cierto, ahora que todavía estamos a tiempo.

Luis Costillo

Hace unos días se nos murió Luis Costillo, a quien nunca le importó ser el mejor artista vivo desde hace no sé cuántos años ni referido a no sé qué concretas geografías. Esas son las cosas por las que se guían los demás. Para Luis el arte valió como prolongación natural de la vida y se sirvió de uno y de otra para pensar y hacernos pensar. Toda la obra de Luis ha sido un pensar y una invitación a pensar: pensar lo pensado, si se me permite.

Pocas veces se da en una misma persona tanta excepcionalidad, la excepcionalidad del artista, desde luego, pero, sobre todo, la excepcionalidad humana. Enormemente generoso, su inteligencia atenta, curiosa, insaciable no desaprovechaba nunca la oportunidad de indagar. Luis era lo infrecuente.

Lo esperábamos a la vuelta de los hospitales, como otras veces, con un nuevo libro que le editaría Julián Mesa, con dibujos de laberintos y puertas, arquitecturas en las que uno se adentra por el ojo de un pez, por la llaga de la mano de un maniquí caído en la calle.

Ha venido la muerte a dejarnos a solas con su obra, ya todas las conversaciones pendientes serán mirándonos en ese espejo. No somos pocos los que nos hemos quedado huérfanos de Luis. Para ellos escribo desde esta página de Tusitala donde, un día, comenzamos una endiablada partida de la Oca’ 84 que todavía queda sin terminar.

Carlos Reymán Güera

Recomendaciones veraniegas V

Aunque esta vez con cierto retraso, como cada verano desde la librería Tusitala os ofrecemos una serie de recomendaciones literarias para las vacaciones estivales, época siempre propicia para la lectura:

charleyViajes con Charley, de John Steinbeck. El autor de esa gran novela social que es Las uvas de la ira se dio cuenta a sus 58 años de que llevaba demasiado tiempo sin recorrer Estados Unidos, y que no podía seguir escribiendo sobre su país y sus gentes si no conocía sus historias de primera mano. De manera que preparó su autocaravana, de nombre Rocinante, y con la única compañía de su perro, de nombre Charley, recorrió más de 16.000 kilómetros y 34 estados. La crónica de ese viaje, publicada con esmero por la editorial Nórdica, es una joya literaria, una emocionante travesía por tierras y paisajes singulares, por sus no menos singulares habitantes, y por la peripecia vital del propio autor del libro. Solamente el pasaje dedicado a las impresionantes secoyas, cuando Steinbeck llega a los bosques de California, merece un lugar de honor en la historia de la literatura y del amor por la naturaleza.

contarContar es escuchar, de Ursula K. Le Guin. Este año abandonó el planeta Tierra la gran maestra de la ciencia-ficción. Justo unas semanas antes de su fallecimiento la editorial Círculo de Tiza publicaba esta recopilación de artículos y ensayos «sobre la escritura, la lectura, la imaginación», según reza el subtítulo. Mientras encontramos el momento de repasar las obras fundamentales de Ursula, como Los desposeídos o La mano izquierda de la oscuridad, en este volumen podemos encontrar agudas reflexiones en torno a asuntos tan dispares como la creación literaria, el feminismo, el arte o la política. En sus propias palabras: «Escuchar es un acto de comunidad que requiere un lugar, tiempo y silencio. Leer es una manera de escuchar».

poridentidadAnimal, de Jesús Colomina. ¿Querría alguien renunciar voluntariamente al estatus de ser humano? Y, sobre todo, ¿por qué querría hacer algo así? Esta novela gráfica del madrileño Jesús Colomina se adentra en las motivaciones y en el impacto social que tendría la decisión de un hombre cansado y silencioso, aparentemente hastiado de vivir, alrededor del cual se desata una batalla legal y mediática ante su solicitud de renunciar a seguir siendo humano. Además de lo atrevido de la propuesta, impresiona la habilidad narrativa que el autor despliega para contar esta historia, que se lee como un cómic pero se ve como un documental, o viceversa. Tan recomendable como su anterior obra, Hoy es un buen día para morir, también publicada por Dibbuks y que vino a presentar a Tusitala.

oliviaOlivia y las plumas, de Susanna Isern y Esther Gili. La historia de la niña Olivia, capaz de comunicarse con los animales, es un cuento infantil que, como todos los buenos cuentos infantiles, puede ser igualmente apreciado y disfrutado por lectores adultos. Acompañado de las magníficas ilustraciones de Esther Gili, el texto de Susanna Isern desborda imaginación y nos cuenta lo útil que puede llegar a ser una buena colección de plumas para remediar los efectos de la sequía sobre unos peces que se están quedando sin agua y no consiguen llegar al mar. El libro lo publica la editorial Kireei, y nos invita a volar.

9786073139588-esParís no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas. Publicado hace ya algunos años por Debolsillo, este libro del autor barcelonés podría considerarse un clásico de la comedia literaria. París no se acaba nunca parte de dos pretextos: del homenaje a varios de los muchos escritores que vivieron en la capital francesa, y de la crónica del paso por París del propio Vila-Matas cuando apenas contaba 20 años y jugaba a ser bohemio. Pero es sobre todo un libro jocoso, divertido, mordaz, lleno de inteligencia y de referencias literarias; es un libro que invita a leer otros libros, y que el lector o lectora empieza y termina sin saber qué es mentira y qué es verdad (¿acaso importa?), si es cierto que Vila-Matas fue a Florida para participar en un concurso de dobles de Hemingway o si realmente su primera estancia en París acabó de forma tan abrupta como nos cuenta. La respuesta es que París no se acaba nunca

Feliz verano, amigas y amigos de Tusitala.