3 en 1, de Luis Costillo

Reseña de Carlos Reymán para Librería Tusitala

Un libro es un artiT1lugio complejo que requiere ajustes muy concretos, determinados cálculos que supongan una violación de la fórmula establecida, la construcción de un andamiaje que sostenga toda la relojería giratoria en la que engranen las ideas que penetran la realidad a dentelladas circulares. De esta naturaleza es el último libro de la factoría de heterónimos Heitflab que regenta Luis Costillo: 3-en-uno original. Si no fuese un término excesivamente manido y por tanto agotado, estaría a punto de llamarlo artefacto, pero lo vamos a dejar ahí, en ese eco repetido que nos sugiere una épica antigua del arte, llena de una intencionalidad que contrasta con la actual autocomplacencia del vacío y desenvuelta carencia de contenidos.

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Recomendaciones veraniegas

Hace un año preparábamos la inauguración de Tusitala con la lectura de Océano mar, novela corta de Alessandro Baricco cuyo oleaje aún acompaña esta aventura libresca. Pero como no es cuestión de repetirse, para este verano que ahora comienza os ofrecemos las siguientes recomendacones literarias, variadas, intensas y refrescantes, para que no perdáis la brújula de los buenos libros:

Mañana todavía: doce distopías para el siglo XXI (Fantascy, 2014) es quizá la más atrevida de nuestras propuestas. El escritor y periodista Ricard Ruiz Garzón reúne en esta antología doce textos de autores punteros de la narrativa española como Emilio Bueso, Rosa Montero, Javier Negrete, Félix J. Palma o Laura Gallego, entre otros. El denominador común es esa rama de la ciencia-ficción conocida como distopía, que, por oposición a la utopía, nos sugiere un futuro más o menos cercano en el cual todo lo que podía ir mal ha ido a peor. En la mejor línea de Orwell, Huxley o Bradbury, a veces desde el humor, a veces desde una profunda conciencia política y medioambiental, estas doce narraciones configuran una gran antología que nos conduce a un mañana probable, demasiado probable.

Más allá del espejo (Tusquets, 2011) bien puede ser el ingrediente noir de todo buen verano: dentro de la serie protagonizada por el detective Charlie Parker, John Connolly ofrece aquí una breve dosis de su efectiva combinación de novela policiaca y terror. Una casa donde se han cometido terribles crímenes, abandonada y repleta de espejos, será el escenario donde Parker se enfrente a fantasmas propios y ajenos. Leer a Connolly es como tomarse un café muy negro: la amargura del sabor produce rechazo, pero también adicción. Y para quienes quieran probar la receta más fresca del autor irlandés, acaba de publicarse La ira de los ángeles (Tusquets, 2014), última entrega de la saga.

Stefan Zweig es un clásico de la narrativa más sólida y evocadora, adecuado para cualquier época del año. Pero vamos a aprovechar el estreno de la película El Gran Hotel Budapest, homenaje a su vida y obra, para recomendar Mendel el de los libros (Acantilado, 2013), un maravilloso canto al amor, siempre trágico, por la literatura. Y también la novela gráfica que recrea su exilio en Brasil, Los últimos días de Stefan Zweig (Norma, 2014), siguiendo la reseña que nuestra amiga Anabel Rodríguez publica en su blog La Puerta Deshecha.

No todas las lecturas veraniegas tienen por qué ser breves ni ligeras. Habrá momentos para la introspección a ritmo de jazz sosegado, la reflexión de largo aliento, el necesario esfuerzo por conocerse a uno mismo. Todo eso y mucho más es El invierno en Lisboa (Booket, 2010), la novela que consagró a Antonio Muñoz Molina. Ya sea en primera lectura o como excusa para revisitar una de las mejores obras de la literatura española reciente, leer sobre el invierno desde nuestro verano sea tal vez la mejor receta. Felices vacaciones, amigos de Tusitala.

Clases de literatura

Una reseña de Anabel Rodríguez, autora del blog La Puerta Deshecha

Este mes me he volcado en las Clases de literatura de Julio Cortázar. El libro, publicado por Alfaguara en 2013, se fundamenta en la transcripción de las conferencias que diera Cortázar en la Universidad de Berkeley en 1980.

Uno de los extremos que más me han entusiasmado es la extraordinaria elocuencia de Cortázar. Me parece de otro mundo esa facilidad para expresarse oralmente, de una forma tan atractiva. Se nota que detrás no hay sólo una buena preparación del discurso, sino una interiorización de contenidos sobresaliente. Son en total ocho clases, sobre temas diversos: los caminos de un escritor; el cuento fantástico y el cuento realista; el tiempo y la fatalidad; la musicalidad y el humor; lo lúdico en la creación literaria; el erotismo y la literatura; el proceso de escritura de sus obras Rayuela, Libro de Manuel y Fantomas contra los vampiros multinacionales. Al final de cada conferencia también se transcriben las preguntas de los alumnos del curso, y las respuestas de Cortázar.

Paris-Teodoro-AdornoCronopios y Famas, la Maga, Horacio Oliveira, Rayuela, la situación de América Latina a finales de los setenta y principios de los ochenta… y por supuesto la literatura, siempre la literatura aparecen en este libro imprescindible para conocer a Julio Cortázar y obtener una percepción diferente sobre su obra, más allá de lo que uno hubiera leído previamente. Durante las conferencias no sólo desmenuza sus libros, sino que habla de otros autores como Vargas Llosa, García Márquez, Borges o Ramón Gómez de la Serna; y resalta la seriedad del juego creativo, entendida de la misma manera que uno se toma la diversión en la infancia: “Si ustedes se acuerdan de su propia infancia estoy seguro de que recordarán muy bien que cuando jugábamos jugábamos en serio. El juego era diversión, desde luego, pero era una diversión que tenía una gran profundidad, un gran sentido para nosotros. (…) Cuando siendo niño me interrumpían por cualquier motivo momentáneo me sentía ofendido y humillado, porque me daba la impresión de que no se daban cuenta hasta qué punto ese juego con mis amigos tenía para todos nosotros una importancia enorme”. Jugar es un asunto muy serio y escribir es un juego que, por tanto, debe jugarse con seriedad, pero sin dejar de jugar.

La lectura de Clases de literatura provoca curiosidad, ganas de profundizar en la obra del autor, animado por el hecho de descubrir muchas de las claves de la creación de su propia mano. Es un libro para los admiradores de Cortázar y para los que aún tienen mucho que descubrir sobre su genio.

La huelga general

Una reseña de Patricia Estévez para Librería Tusitala

Es fundamental revisitar el texto La Huelga General (Luces de Gálibo, 2014) de Jack London. Ilustrado por Laura Pérez Vernetti, el London más activista nos presenta una nación devastada por la lucha de clases. Se trata de una huelga general masiva llevada hasta sus últimas consecuencias, que sacará de sus casillas (literalmente) a la clase burguesa, con la intención de que sufran tanto como ellos han hecho sufrir a la clase obrera; un episodio distópico que desemboca en una situación realmente catastrófica. Mediante su crítica mordaz, Jack London parece apostar por la resistencia pacífica y las medidas negociadas, pero sin renunciar a una revolución del proletariado unido: hay que construir una voz potente y coordinada.

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El Verano del Cohete

Una reseña de Carlos Reymán para Librería Tusitala

Todo el mundo sabe que, para encontrar lectores, lo primero que hay que hacer es una nave espacial. Las naves espaciales suelen ser muy socorridas en literatura porque pueden llevarte de un verano cualquiera hasta el más recóndito de los lectores posibles. El idealismo de algunos astronautas recalcitrantes hace que se empeñen en construir, preferiblemente, un cohete a una nave, y así es como nace la editorial El Verano del Cohete.

¿Y qué es lo que se cuece dentro de ese cohete especial? Básicamente, buenos libros. Cuando Borja González, Mayte Alvarado y Rui Díaz tuvieron la feliz idea de crear su propia editorial, estaban pensando en editar libros para un lector que se pareciese mucho a ellos mismos. Es una forma muy segura de acertar. No es una fórmula infalible, pero son los pasos necesarios que se deben dar por adelantado para ganar algo de terreno: amar la literatura por encima de todo, amar las buenas ilustraciones por encima de todo, amar las buenas historias por encima de todo, cuidar mucho de todo eso por encima de todo. Los libros que salen son los libros que a ellos les gustaría leer si alguien los publicase. Ahora sólo queda que se monten en el cohete y que salgan a nuestro encuentro.

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Juego de Tronos

Tanto éxito por parte de la saga de literatura fantástica Canción de Hielo y Fuego (editorial Gigamesh) y por extensión de la serie televisiva Juego de Tronos bien merece un análisis. Recapitulemos: durante los tres primeros libros (Juego de Tronos, Choque de Reyes, y Tormenta de Espadas) me vi enfrascado en las intrigas de Poniente, leyendo con una avidez que no me dominaba desde la adolescencia, cuando caían en mis manos sagas como El Señor de los Anillos, La Espada de Joram o Las Crónicas Vampíricas. El autor, George R. R. Martin, se merecía ese calificativo tan gastado de “renovador del género”, puesto que dotaba a su universo literario de un realismo y una crudeza muy en consonancia con los tiempos actuales, tan oscuros; y daba la vuelta a la tradicional épica de la fantasía medieval: en sus novelas no hay héroes que pretendan salvar el mundo (y si los hay, fracasan) sino, en el mejor de los casos, supervivientes que bastante tienen con mantener su dignidad en una sociedad abiertamente hostil y traicionera.

Con el cuarto y quinto tomos (Festín de Cuervos y Danza de Dragones) tomaron cuerpo las serias dudas sobre el equilibrio de la saga que me habían asaltado previamente, pero que quedaban en segundo plano gracias a la despiadada fuerza narrativa de Martin: ahora ya resultaba evidente que se le escapaba de las manos su propia historia, dispersándose en más tramas y subtramas imposibles de dominar. A diferencia de Tolkien, que en su Señor de los Anillos decide narrar una historia concreta dentro de una Tierra Media que está firmemente creada de antemano, Martin construye su mundo de ficción a medida que desarrolla la saga, y se empeña en abarcar tantos lugares y pueblos distintos que la narración se resiente hasta el punto de que, mucho me temo, irá a peor en los dos siguientes y últimos tomos que restan por publicarse.

Con la llegada de la serie de televisión Juego de Tronos, ahora en su cuarta temporada, he recuperado la ilusión perdida: la adaptación es magnífica y, en la medida en que la serie está obligada a condensar las novelas eliminando detalles y personajes y añadiendo otros, se podría decir que mejora el original. Sin embargo, es precisamente gracias a la riqueza de la saga literaria que los guionistas de la serie (no olvidemos que está producida por HBO) pueden permitirse mejorarla, dotando por ejemplo a cada episodio de una sólida estructura temática que en los libros no está tan clara.

Pero ya basta de tanto preámbulo: la intención era preguntarse acerca de los motivos de su éxito. Aparte de las características comunes a otros fenómenos superventas que no nombraré aquí, algo tiene Canción de Hielo y Fuego para entusiasmar por igual a tirios y troyanos. Acaso se trate de lo que apuntábamos más arriba: en un mundo como el de Poniente, donde se suceden toda clase de traiciones, inquinas y corruptelas en pos de la conquista del poder, el lector reconoce su propio tiempo (el nuestro), en el cual acostumbran a ganar los malos, y se identifica con los personajes que mantienen su dignidad en un entorno tan brutal. Tienen además en común estos pocos personajes que son unos inadaptados, que no encajan en las jerarquías ni acatan los valores dominantes de Poniente (el poder, la falta de compasión), y se distinguen por sus debilidades, ya sean físicas o psicológicas o sociales: Tyrion, Jon, Sam, Theon, Bran, Davos, Daenerys, Arya, Brienne… todos ellos luchan con tesón por sobrevivir y no perder (toda) su identidad en el camino. Acaso nos recuerdan a nosotros mismos, tratando de encontrar espacio para respirar en un mundo inhóspito y moribundo.

El hombre que plantaba árboles

“Imagino que Jean Giono habrá plantado no pocos árboles a lo largo de su vida. Sólo quien ha cavado la tierra para acomodar una raíz o la promesa de ésta podría haber escrito la singularísima narración que es El hombre que plantaba árboles, una indiscutible proeza en el arte de contar”.
José Saramago.

 

Pocas veces tenemos la oportunidad de disfrutar de un libro que, a medida que se recorren sus páginas, se convierte en todo un alegato por la vida. El hombre que plantaba árboles podría leerse como una versión abreviada de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hay en esta obra un cuento, una parábola, un eco de lo que, siendo ya necesario en la primera mitad del siglo veinte, que es el tiempo que abarca la narración, se antoja ahora por completo imprescindible.

Jean Giono, en apariencia, ofrece poco más que el desarrollo de un breve relato ya contenido en el título, pues esta no es otra que la historia de un hombre que plantaba árboles. Una historia tan sencilla como sólida, que sienta como una bofetada, que bien puede hacernos despertar del letargo de cemento y alquitrán que lleva tantas décadas apoderándose de nosotros. Se navega por El hombre que plantaba árboles como por un río de aguas tranquilas, sin sobresaltos, anticipándose el final de la travesía porque todos sabemos cómo acaban estas historias, acaban bien, y tal vez por eso nos cuesta tanto ponerlas en práctica.

La editorial Duomo y el ilustrador Joëlle Jolivet, por añadidura, han hecho un trabajo también sencillo, hasta se diría que obvio, para conseguir que este cuento habite muchas más casas y mesillas y estanterías: han plantado árboles dentro del libro, árboles desplegables, ojalá los de tronco y ramas fueran tan fáciles de plantar como estos que, de alguna manera, son sus retoños. Ahora nos toca a nosotros distribuir las semillas de El hombre que plantaba árboles por tierra, mar y aire, por todas partes.

Abríamos esta reseña con José Saramago, y la cerramos con él: “Estamos esperando a Elzéard Bouffier [el hombre que plantaba árboles], antes de que sea demasiado tarde para el mundo”.

Mujer sin hijo

Una reseña de Anabel Rodríguez para Librería Tusitala

‘Mujer sin hijo’ es la última novela (hasta que en marzo Lumen publique ‘Es un decir’) de Jenn Díaz, editada por Jot Down Books. Nacida en Barcelona en 1988, cursó estudios de filología y se ha ido abriendo camino dentro del mundillo literario a fuerza de tesón y saber hacer, con sus obras anteriores ‘Belfondo’ y ‘El duelo y la fiesta’, también muy recomendables

‘Mujer sin hijo’ relata la historia de tres mujeres. La obra se ambienta en una sociedad ficticia, donde a causa de una guerra (cuyo origen desconocemos) las mujeres están obligadas a tener hijos. El Estado persigue, castiga y repudia a las que no quieren o no pueden ser madres: las «nulíparas». El libro está dividido en tres partes que se irán enlazando y encajando perfectamente. Son tres supuestos distintos de ausencia de maternidad: Rita Albero se niega a tener hijos (tal vez por miedo, tal vez por convicción) y es repudiada por su marido Samuel; Julia Albero arriesga su vida y fallece al poco de tener a su único hijo; y Mónica, cuyo hijo murió, sigue manteniendo la apariencia de que el pequeño vive y no quiere tener más hijos que pudieran suponer una sustitución de aquel.

La maternidad, la cuestión sobre cuándo, cómo y si se desea ser madre, es el centro de la novela. El mensaje sobre la maternidad obligada es contundente: «una madre que no desea la maternidad no será nunca una madre, sino una mujer a cargo de un niño». Y es que no se puede consentir que una mujer se niegue a tener hijos, en este país distópico. Alrededor de ellas tres orbitan padres, madres, exmaridos, esposos cobardes y agotados, suegras y cuñadas enteradillas, vecinos delatores y mujeres que encaran su destino como pueden. La trama está bien trazada, sin embargo hay en la última parte ciertas conductas que deslegitiman a una de las protagonistas, haciéndola parecer desequilibrada, privando la consciencia y coherencia que su decisión previa tiene.

En momentos como los que vivimos en España, en los que ciertos gobernantes creen que pueden decidir qué es lo mejor para nosotros (con o sin nuestro consentimiento) y además tienen el descaro de llamarse progresistas, es imperativo reflexionar sobre la maternidad. Es imprescindible leer libros como ‘Mujer sin hijo’, una novela oportuna y necesaria.

La habitación oscura

El jueves 6 de febrero a las 20h, en una presentación organizada por la Asociación Matilde Landa, Isaac Rosa acudirá a Tusitala para presentar La habitación oscura. Ofrecemos aquí, a modo de aperitivo, esta reseña sobre la novela.

La habitación oscura es un libro de lectura intensa, incómoda, desasosegante. Un libro que se te agarra a las manos y del que cuesta escapar, como si también el lector necesitara buscar a tientas ese cuarto sin luz donde alejarse de todo y de todos. Lo más destacable, sin embargo, es que en su primera parte se produce una inversión del mecanismo de la novela: en lugar de escoger una o varias vidas, de individualizar las posibles experiencias de alguien para convertirlo en protagonista de la narración, Isaac Rosa se dedica a crear una amalgama con los lugares comunes que configuran las vidas de mi generación, que es la suya, constituyendo así la habitación oscura, el núcleo de esa amalgama de deseos, sueños, derrotas y rutinas que formamos al pasar por la vida.

Durante las primeras cincuenta páginas de la obra no hay personajes con nombre propio, no hay más que un tú al que el libro interpela, invitándole a entrar en la habitación oscura. Tal vez sea esta estructura narrativa una manera de desprestigiar nuestro ego, de subrayar que los treintañeros españoles de clase media somos legión, pobres extras de una telecomedia barata, intercambiables unos por otros en nuestra pretendida singularidad. Así pues, La habitación oscura funciona como opuesto a las habituales autoficciones y spleens y retratos generacionales donde se juega a mejorar una de tantas vidas mediocres y a convertirla en protagonista de algo, donde se apuesta por que el lector se identifique con el personaje principal en la medida en que, como él, aún guarda la esperanza de destacar por encima de la media.

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Isaac Rosa flanqueado por quienes bien podrían ser los difusos personajes de ‘La habitación oscura’

Hay también, más allá de ese mecanismo disyuntor de egos, una trama política y de espionaje en La habitación oscura, necesaria quizá para facilitar al lector el tránsito por sus páginas, pero que irremediablemente lleva la obra hacia un terreno más convencional, menos deslumbrante. No importa, porque a esas alturas el libro ya ha logrado su objetivo, ya ha torpedeado la comodidad de quienes aún seguíamos pensando que la vida iba a ser un plácido tránsito de éxitos, de bienestar, de proyectos cumplidos.

Todo lo que era sólido

Una reseña de Carlos Reymán Güera para Librería Tusitala

Daba la impresión de que estuviéramos ausentes de la realidad, de que las cosas sucediesen en un plano en el que se nos hacían ininteligibles, andábamos de espaldas (¿todos?). Cuando pudimos ver, no quisimos ver; si alguna vez quisimos, no vimos nada. Y, de pronto, llegó la crisis. Nadie nos avisó: los pocos que lo hicieron fueron tildados inmediatamente de agoreros. La fiesta se había acabado, pero… ¿quiénes estuvieron en esa fiesta?, ¿había habido una fiesta? Parece que sí, y alguien estuvo allí en nuestro nombre.

Teníamos una idea aproximada de dónde veníamos, quiénes habíamos sido, pero hasta el olvido se olvida y, en el mejor de los mundos posibles, es fácil creerse que ya no hay más mundos, que ya no habrá vuelta atrás, que lo habíamos conseguido todo. Los años de primeras alegrías de la libertad compartida, la democracia como un logro reciente que había que cuidar entre todos y los derechos tomando asiento en una sociedad que nunca los había tenido dieron paso a las conductas que hoy nos alarman, que hoy nos parecen intolerables: las de los políticos, las instituciones, la prensa, los poderes, y no digamos la economía (esa abstracción impía que nos acontece, esa presencia intangible como un dios caprichoso, lleno de antojos, de impulsos irracionales). ¿Y dónde estábamos nosotros?

Estaba sucediendo todo delante de nuestras narices y no nos dimos cuenta. Pasamos del sueño al insomnio, acabábamos de iniciar nuestro largo camino hacia las renuncias. Terminó la fiesta y, cuando recogieron todo, descubrieron entre las sillas revueltas un cadáver tendido en el suelo. Ese cadáver era el nuestro. Había un caso abierto, un crimen que esclarecer, estaba claro que iban a intentar ocultarlo, deshacerse de las pruebas, qué más daba, a quién le iba a importar.

Y entonces apareció Antonio Muñoz Molina, todavía no se sabía que iba a ser su año, ese en el que recibiría un premio tras otro. Era aún el mes de febrero, la crisis alcanzaba su apogeo, lo impregnaba todo, había venido para quedarse, era un cambio definitivo… cuando lanzó sobre nuestra mesa su informe en cuerpo de libro: Todo lo que era sólido.

Había hecho falta la improvisación de una agencia de detectives, la construcción de un espejo de evidencias que nos devolviese el reflejo de nuestra propia realidad, nuestra propia imagen. Eran las diligencias de lo reciente, la causa criminal que aún no está cerrada, la investigación concluyente que contiene una denuncia, la que nos concierne a nosotros, la que nos llama imperiosamente a levantarnos, la que apela a nuestra condición de ciudadanos activos, la que nos reclama una vuelta necesaria a la ética, sin que necesariamente tenga que estar adscrita a ninguna ideología de uso ordinario. Llegados a este punto, sobra decir que esta lectura es de las que se suelen computar en la categoría de necesarias.