La huelga general, de Jack London

Una reseña de Patricia Estévez para Librería Tusitala

“No hay nada más antidemocrático que un sindicato o un partido político”. Esto es lo que afirmaba un antiguo dirigente de un sindicato independiente extremeño el pasado lunes, en una charla sobre El Informe Lugano II de Susan George (Debate, 2013) en Tusitala. La crisis financiera está dejando caer, uno a uno, los velos que ocultaban las “otras crisis” que hasta ahora el sistema había conseguido mantener en un segundo plano. Una de estas crisis es, sin duda, la de los sindicatos; cualquier persona que haya estado involucrada en la actividad de un sindicato sabe reconocer que la maquinaria de los mayoritarios aplasta el día a día de los que realmente creen en la labor sindical. La mediación, legitimada por la unión de los trabajadores y la elección democrática de representantes, ayuda a equilibrar la relación de poder, abusiva por definición, con la empresa. La lucha sindical ha conseguido logros que hoy en día reconocemos como derechos inherentes: desde las vacaciones pagadas, hasta los horarios de 8 horas o los permisos de maternidad. En definitiva, los sindicatos llevan desde el XIX trabajando por la dignidad de los que recibimos órdenes; el problema, quizás, es que su lucha se ha integrado en la institucionalización del sistema, de la manera en la que Michel Foucault hablaba de las instituciones totales que tienen a su cargo la producción técnica de individuos normalizados, tutelados, guiados hacia un pensamiento único y/o una forma única de comportarse.

Que sus actuaciones se hayan institucionalizado, que la corrupción haya campado a sus anchas en los despachos de dirigentes sindicales, y que las cúpulas en ocasiones sean reacias al cambio, a adaptarse a las nuevas necesidades de los trabajadores, no significa que su labor no siga siendo necesaria. Lo descorazonador es saber que, como apunta el dossier especial sobre la crisis de los sindicatos del número de mayo de La Marea (también disponible en Tusitala), el 41,5% de la población no tiene “ninguna” confianza en los sindicatos, y el 30,8% “poca”. Es posible que, para poder repensar los sindicatos y su labor, debamos volver a las fuentes y entresacar su esencia.

Perdonadme la larga introducción, pero es en este sentido en el que creo que es fundamental revisitar el texto de La Huelga General (Luces de Gálibo, 2014) de Jack London. Ilustrado por Laura Pérez Vernetti, el London más activista nos presenta una nación devastada por la lucha de clases. En este caso, es una huelga general masiva llevada hasta sus últimas consecuencias la que sacará de sus casillas (literalmente) a la clase burguesa, con la intención de que sufran tanto como ellos han hecho sufrir a la clase obrera; un episodio distópico que desemboca en una situación realmente catastrófica. Mediante su crítica mordaz, Jack London parece apostar por la resistencia pacífica y las medidas negociadas, pero sin renunciar a una revolución del proletariado unido: hay que construir una voz potente y coordinada.

A la historia de London hay que añadir las impactantes ilustraciones de Laura Pérez Vernetti. Esta veterana de la ilustración que ya trabajó en las páginas de la mítica revista “El Víbora”, y que ya ha dibujado la vida y poesía de Pessoa en Pessoa & Cia (Luces de Gálibo, 2012), así como obras de Kafka o Joyce, mezcla técnicas de grabado a modo del XIX con dibujos a pincel y tinta china para mostrar una muy vívida pesadilla de la burguesía.

Hace unas semanas leía una reseña escrita por Virginia Woolf en Leer o no leer y otros escritos (Abada Editores, 2013), en la que criticaba una obra del Vizconde Haberton, de 1917: How to Lengthen our Ears. An enquiry whether learning from books does not lengthen the ears rather than the understanding. En este ensayo el aristócrata aconsejaba a los de su condición que dejaran de leer, ya que tal depravado hábito había llevado al país a la ruina moral de manos de los líderes laboristas. “Que socialistas y sindicalistas aprovechen todas las oportunidades de leer, aconseja Lord Haberton, pero nosotros dejemos de hacerlo de inmediato pues sólo así recuperaremos el ascendiente perdido”, escribe Woolf haciendo gala de su más fino humor. Que levante la mano quien sea aristócrata y no quiera desafiar en este puente del Primero de Mayo, negro sobre blanco, al agorero Vizconde Haberton; y quien no piense que la única forma de evitar que nos sigan recortando la capacidad de protestar, es protestar aún más.